lunes, 1 de abril de 2013

Delirios compartidos


Ella estaba sentada frente a un escritorio lleno de libros. Leía y leía sin parar hacía horas. Por momentos su perra venía a verla y ella le acariciaba la cabeza sin dejar de leer. De repente, una vez más, vino la perra, saltó sobre su rostro y se lo comió, literalmente. Ella cayó de espaldas al suelo y murió.

Lo que nadie supo es que quedó en la casa encerrada en un mundo paralelo, y estaba volviéndose loca por no encontrar la manera de comunicarse con las personas. Había sufrido su muerte más aún cuándo leyó cómo la presa se apoderó de la bizarra historia para ganar audiencia, había sufrido los lamentos de su familia y sobre todo los de su madre, pero por lo menos no sufría la oscuridad, ya que nadie apagó la luz de su cuarto desde que la tragedia había ocurrido.

Su madre siguió viviendo en la casa pero la pena la consumía día a día. La perra había sido sacrificada, algunos decían que tenía rabia, otros que sólo buscaban hacerla desaparecer. Nunca se supo el porqué de su accionar.

Esa pieza había sido abandonada, habían pasado meses en donde nadie entraba allí. Ella tampoco salía a deambular por la casa porque le era muy frustrante no poder hacerse notar. Desde que había muerto, su madre había dejado la luz prendida en recuerdo a su miedo a la oscuridad, pero la pieza estaba al fondo de la casa, así que allí pasaba días y noches leyendo, estudiando y pensando.

Un día esa lámpara dejó de funcionar. Muerta y encerrada en un mundo oscuro paralelo, ella tuvo miedo y volvió a la casa. Golpeó paredes, destruyó cosas, pero al segundo siguiente, todo lo que destruía a su paso volvía a la normalidad. Su madre notó que algo raro pasaba, por lo que se paró enfrente de la foto de su hija y la miró un largo rato, y secando sus lágrimas preguntó en voz alta antes de romper a llorar: "Habrás tenido algo para decirme hijita mía?"

Ella, sabiendo lo inservible que sería intentar consolarla, intentó con todas sus fuerzas abrazarla, pero fue en vano. El cuerpo de su madre se esfumaba ante sus brazos como quién intenta abrazar el humo de un cigarrillo. Recordó todos los momentos en que había rechazado los abrazos de su madre, el cariño... se arrepintió por todo y también comenzó a llorar en silencio. Tantos años sin valorar la vida, encerrada en su cuarto del fondo, pensando que la vida de los demás corría en paralelo a la suya, y ahora que realmente vivía en un mundo paralelo, se daba cuenta del mal que le había hecho a todos al preocuparse tanto por ella, su trabajo, sus ambiciones y su falta de reciprocidad. Porque no se trataba de que los demás no intentaban integrarla, simplemente ella se había apartado de la vida de todos, viviendo su propia, aburrida, vida. Sin embargo, ahora viva o no viva, seguía en su cuarto del fondo creyendo hacer lo que más disfrutaba.

Mientras ella meditaba sobre todo ésto, su madre dió media vuelta y miró hacia el fondo de la casa. No se irradiaba luz bajo la puerta. La luz que ella había dejado prendida en memoria de su hija se había apagado. Sin pensarlo demasiado, resolvió ir a cambiar la lámpara. Lo que ella no sabía, es que su hija había entrado detrás de ella.

La oscuridad no la asustaba si estaba acompañada. Cuando su madre colocó la lámpara, ésta no se encendió porque previamente ella había apagado el interruptor. Camino hacia éste, su hija tropezó en la oscuridad al perseguirla pensando que se iba. Su madre sintió un pequeño ruido pero no le dió mayor importancia.
Fué ahí cuando se dió cuenta que en la oscuridad podía hacerse notar con su madre y cada vez que tuvo oportunidad hizo su mayor esfuerzo por hacer ruidos.Era paradójico  sólo superando su mayor miedo podía hacerse notar. Lo que no sabía es que estaba asustando a su madre, por lo que ésta se había vuelto tan miedosa a la oscuridad como lo había sido ella, y finalmente ni siquiera dormía con la luz prendida.

Al cabo de un tiempo, su madre al no soportar la tristeza de la pérdida, y al darse cuenta del pánico que le daba apagar la luz, se entregó a su locura y empezó a vivir a oscuras. Su hija interpretó ésto, erroneamente, como que su madre quería escucharla, así que día a día hizo más alboroto para llamar su atención. Fué tarde cuándo se dió cuenta que en realidad su madre creía que deliraba.

Nunca se dió cuenta que fué su culpa el hecho de que su madre perdiera la cordura. Es más, la siguió hasta el geriátrico dónde la llevaron pensando que su madre precisaba de su compañía. Pero en realidad, sólo la hizo ponerse aún psicótica, y en uno de sus delirios su corazón no aguantó más y murió.

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